Hoy el cielo pesa gris plomo. Hoy me temo que en cualquier momento se desplomará el techo de nieve sobre nuestras cabezas. Quizás nos convirtamos así en pequeños muñecosdenieve ambulantes, con ojosdebotón, con narizdezanahoria. O quizás no.
Hoy me he fijado en la paradoja del invierno. Cuanto más nos abrigamos nosotros, más desnudos están los árboles. Quizás nuestros abrigos estén hechos de hojas secas, igual que nuestros gorros, bufandas y guantes. O quizás no.
Se les ve tan desnudos a los pobrecillos, desvalidos, frágiles... elevando sus ramas desnudas cual manos suplicantes al cielo gris plomo que pesa toneladas de nieve. Quizás en realidad rezan, pidiendo que el techo de nieve se desplome sobre nuestras cabezas, convirtiéndonos en pequeños muñecosdenieve ambulantes, con ojosdebotón, con narizdezanahoria, y así ellos poder recuperar sus mitones de hojas secas, sus abriguitos crujientes, sus bufandas tejidas a base de marrones, ocres y naranjas. O quizás no.
Hoy el mundo son un montón de gigantescas casitas de muñecas, calentitas, de hogares repletos de gente diminuta viviendo; porque afuera está el frío. Cada puerta de cada casa, de cada edificio, de cada chaletdeurbanización, hoy es una puerta de congelador. Quizás si salimos, podamos ver paseando a las varitasdemerluza tan estiradas ellas, a las croquetascaseras que salen del cole a trompicones, a los fervientes SanJacobos dirigiéndose a misa de ocho, a aquellos filetesdepollo con los que un día contaste pero que ya ni recuerdas, y a todos esos vasosdechupito vacíos, sedientos, pidiendo para comer cuando en realidad todos sabemos que es para alcohol. O quizás no.
Hoy el cielo pesa gris plomo de nieve. Y sin embargo, ha vuelto a llover.
Sin dedicatoria. Sin sentido.

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