Esta ha sido una semana rara. Inestable, lluviosa, gris, y llena hasta los topes de trabajo. Pero ha habido momentos memorables en esta semana que da ya sus últimos coletazos.
He conocido a alguien a quien ya conocía. Alguien que se ha despedido de mí dándome las gracias por haber participado del hecho de "salvar su vida".
Salvar una vida. Pocas personas tienen esa oportunidad, y la mayoría de las veces, cuando se presenta el momento, no conseguimos aprovecharlo. Yo me dedico a algo que, de vez en cuando, te da la oportunidad; aunque es cierto que antes trabajaba en un lugar en el que casi todos los días esa posibilidad se paseaba desnuda por delante de nuestras narices. Mi trabajo consiste en intentar ayudar a personas. A veces se queda solo en intento. Otras veces consigo ayudar. Las menos recupero personas.
Hace ya mucho de aquello. Tanto que casi ni me reconozco cuando echo la vista atrás... todo era diferente, y quizás ya nunca vuelva a ser de aquella manera. Todo ha cambiado: la casa, el trabajo, los amigos, la familia, nosotros. Yo.
Aquella noche la tengo grabada a fuego en mi memoria. Solamente en dos ocasiones he sido plenamente consciente, he tenido la certeza absoluta, de que mi participación había sido crucial, que había ayudado a salvar una vida. Y esta fue una de ellas.
Dos de la madrugada. Verano. Hace ¿ocho?, ¿nueve años?. Una guardia como cualquier otra. Y me avisan de que llega una chica de 19 años, tráfico; un politrauma severo. Nadie puede llegar a describir lo que se siente en ese momento, ¿pavor?, ¿miedo?, ¿terror?, ¿inseguridad?. Sí. Todo eso. Y lo que viene a continuación: valentía, coraje, y una extraña calma tensa que reordena todo en su sitio y hace que actúes sin necesidad de pensar. Y frío, muchísimo frío, mientras ves a todo el mundo sudar a tu alrededor.
Llegó y lo que yo vi fue a una niña asustada, bloqueada, en shock. Una muñeca rota, destrozada, un juguete estropeado. Hablé con ella. Fui con ella hasta radiología. Estuve a su lado mientras le hacían las placas, todas. Me radié con ella. Estuve con ella mientras le hacían el TAC. La acompañé, y la dejé en manos de los cirujanos, traumatólogos y anestesistas. Hice lo que tenía que hacer. Nada más y nada menos.
Llegó por minutos viva al quirófano. No la volví a ver, pero siempre, todos estos años, ha estado conmigo.
Y esta semana entró en mi consulta. Entera. Viva. Sana. Tiene una niña. Se acordaba de mi presencia, no de mi cara, no de mí. Me dio las gracias. Me dijo: "Eras la única persona que me faltaba por dar las gracias de aquella noche". Y yo le contesté: "De nada, solo hice mi trabajo".
Eso es lo que hago. Doce años de profesión, dos vidas. El resto son parches, más o menos acertados, pero parches a fin de cuentas.
A veces te traen gente en pedazos, e intentas arreglarlos. A veces, a todos nosotros, seamos lo que seamos, nos dediquemos a lo que nos dediquemos, la vida nos trae pedazos de gente y, aunque no de modo literal, tenemos la mágica oportunidad de salvar vidas. Metafóricamente, claro.
Todos nosotros, en algún momento de nuestras vidas hemos sido, o somos, o seremos solamente pedazos desordenados de nosotros mismos. En esos momentos, si tenemos la fortuna de que el destino nos cruce un amigo, un amarillo, un desconocido, alguien que aún sin saber que lo sabe, sabe cómo arreglar y pegar nuestros pedacitos; estaremos salvados. Podemos llamarles salvavidas, paracaídas, escoltas, ángelesdelaguardia... lo que sea. Yo, personalmente, y por no perder la costumbre de imponeros mi opinión, prefiero llamarle Alice.
Todos nosotros, en algún momento de nuestras vidas hemos sido, o somos, o seremos solamente pedazos desordenados de nosotros mismos. En esos momentos, si tenemos la fortuna de que el destino nos cruce un amigo, un amarillo, un desconocido, alguien que aún sin saber que lo sabe, sabe cómo arreglar y pegar nuestros pedacitos; estaremos salvados. Podemos llamarles salvavidas, paracaídas, escoltas, ángelesdelaguardia... lo que sea. Yo, personalmente, y por no perder la costumbre de imponeros mi opinión, prefiero llamarle Alice.
Esas personas, las que te salvan y a las que salvas, van unidas a tí, pegadas para siempre a tu vida. Y es la vida misma la que, contra todo pronóstico, de la misma forma que te las trajo una vez, te las devuelve una segunda. Para que te den las gracias, para que les des las gracias, para reír, para llorar, para compartir de nuevo un trocito de la vida de ambos.
Para, en fin, hacerte consciente de que esto, este macabro juego que jugamos obligatoriamente desde que nacemos, es algo mucho más grande, mucho más complejo, mucho más maravilloso de lo que jamás llegaremos siquiera a atisbar.
Doce años. Dos vidas. Treinta y nueve años. Una sola vida.
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