Me pregunto si esto solamente me ocurre a mí o es algo más generalizado. En ocasiones necesito llorar; y no me refiero a esos momentos en que la emoción te llena la garganta de lágrimas. No, no es eso.
Me refiero a esos días en los que, sin ninguna razón aparente o no aparente, te despiertas con una garra alrededor de tu garganta, que no te deja respirar, ni hablar, ni tragar con normalidad, hasta que finalmente consigues escupir todo eso en forma de río desbordado que empapa tu cara, y corre tu Rimmel (a mí lo de máscara para pestañas me parece un término inútil) hasta que pareces un mapache aquejado de una extraña enfermedad eritematosa.
¿Por qué sucede eso? ¿Y por qué no?, me pregunto yo. ¿Qué demonios tiene de malo llorar? Supongo que tanto como de bueno tiene reír. Yo reivindico el poder de la lágrima, el papel del llanto como terapia.
Cuando lloro, soy puro sentimiento, sin aditivos, la esencia, el extracto más depurado de mí misma. Sin embargo, cuando río, a veces soy solo eso: risa.
El llanto vacía, vuelca, desnuda, muestra, limpia. O no.
Todo esto funciona solo cuando realmente no existen motivos, o simplemente los desconoces.
El problema viene cuando sí sabes por qué quieres llorar, cuando conoces el motivo, la causa, la provocación. O la inexistencia de ella.
Esta mañana me despertó la garra, no me dejaba respirar. Miento. Me permitía respirar, pero solo lo justito para no pararme. Al tragar dolía, quizás por eso hoy he comido menos. No me deja disfrutar de nada, me obliga a cambiar cruel y constantemente de ocupación, porque estar ocupada es lo único que parece combatirlo.
Asusta. Y lo que más me aterra es pensar que esa garra es solo la primera etapa, después comienza a cavar, más y más hondo en mi pecho. Hasta crear, reabrir el agujero. El temible agujero. El que se lo come todo, el que anula todo. El que apaga la luz. Mi luz.
Decepción.
Esa y no otra es la palabra que me estrangula desde ayer. La más amarga y dolorosa de las derrotas. Pero, y sé que esto os sorprenderá, quien sufre no es quien decepciona, pobre inconsciente, sino el decepcionado. Sufre por su dolor, por su vergüenza, por su indignidad, por su humillación. Pero sufre también, y sobre todo, porque en el fondo, en lo más profundo de ese maldito agujero, sabe a ciencia cierta que ya jamás podrá volver a sentir lo mismo, ya sea esto amor, amistad, cariño, o simple compañerismo. Ya nunca más será igual.
Quien decepciona cae del pedestal. Pero volverá a subirse a otro. Y a otro más.
El decepcionado no. Al decepcionado solo le queda una garra cruel que le aprieta la garganta inundándola de sal, lastimando, hiriendo hasta que ya no puede más y desea arrancarse él mismo el maldito corazón con sus propias manos para dejar de sufrir.
Lo más triste es que la única manera de que no te decepcionen es no querer, no amar, no abrazar, no sentir, no besar, no acompañar, no cuidar. No vivir.
Y yo quiero vivir, aunque sea luchando con esa garra. Sigo pensando que algún día ganaré yo. Sigo creyendo que seré capaz de tapar el agujero por siempre jamás. Llamadme ilusa.
Y esta me la dedico a mí. Eternamente decepcionada. Potencialmente decepcionante.
2 comentarios:
Hola,
Me has dejado sin palabras. Hace tiempo que sufro ese sentimiento de decepción y no habría podido expresarlo mejor que tú.
Y tienes razón, ya nada puede ser igual que antes de la decepción.
Pero..., necesitamos vivir, ilusionarnos, confiar, querer y aunque nos vuelvan a hacer daño, seguiremos adelante porque creemos en el amor y la amistad.
¡Me gusta mucho tu forma de expresarte!
¡Enhorabuena!
Un saludo,
Ana
Hola Sandra, en tus palabras se percibe que eres una persona especial, llena de sensibilidad y con talento.
Me alegra haberte conocido y me gustaría que poco a poco encontrarás esa felicidad tan merecida.
Conoczo un medicamento que se llama "quererse a sí misma" lo más importantes en una persona.
Muchos besos y abrazos
Publicar un comentario