Hace mucho tiempo, la ciudad de Nueva York tenía un sexto distrito.
(...)
El sexto distrito era también una isla, separada de Manhattan por una fina corriente de agua cuyo punto más estrecho igualaba el récord mundial de salto de longitud, de manera que solo una persona de toda la Tierra podía ir de Manhattan al sexto distrito sin mojarse. Se celebraba una gran fiesta para el salto anual. Los bollos colgaban de una isla a otra de espaguetis especiales, las empanadillas rodaban en forma de baguettes, las ensaladas griegas volaban como confetis. Los niños de Nueva York capturaban libélulas en tarros de vidrio, que hacían flotar entre los distritos. Los bichos se asfixiaban lentamente...
-"¿Asfixiarse?"
"Ahogarse."
-"¿Por qué no hacían agujeros en las tapas?"
El brillo de las libélulas se hacía más intenso en sus últimos minutos de vida. Si el cálculo de tiempo era correcto, el río centelleaba al ser cruzado por el saltador.
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Un año, hace mucho, mucho tiempo, el extremo del dedo gordo del saltador rozó la superficie del río provocando una pequeña ola. La gente contuvo el aliento mientras la ola recorría el camino de vuelta a Manhattan, haciendo que los tarros de libélulas chocaran entre sí como si fueran campanillas.
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El sexto distrito se apartaba de Nueva York milímetro a milímetro. Un año, al saltador se le mojó todo el pie, y unos años después, la pantorrilla, y tras muchos, muchos años -tantos años que ya nadie recordaba lo que era una celebración sin nervios-, el saltador tuvo que alargar los brazos y agarrarse al sexto distrito completamente estirado, y más tarde ya ni siquiera llegó a tocarlo.
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Saltaron las líneas eléctricas y de teléfono, obligando a los habitantes del sexto distrito a recurrir a tecnologías pasadas de moda, la mayoría de las cuales parecían juguetes para niños: usaban lentes de aumento para recalentar la comida; doblaban los papeles importantes en forma de avión y los lanzaban de un edificio de oficinas a otro; las libélulas en tarros de vidrio, que antes se habían usado como mero elemento decorativo durante las fiestas del salto, se encontraban ahora en las habitaciones de todas las casas, ocupando el lugar de la luz artificial.
(...)
Los ingenieros viajaron hasta aquí para evaluar la situación.
-"Quiere irse", dijeron.
-"Bueno, ¿y qué podéis decir a eso?", preguntó el alcalde de Nueva York.
A lo que respondieron: "No hay nada que decir".
Intentaron salvarlo, por supuesto. Aunque tal vez "salvar" no sea la palabra adecuada, ya que parecía querer irse. Tal vez habría que decir "detener". Se ataron cadenas a las orillas de las islas, pero los eslabones no tardaron en quebrarse. se colocaron montañas de hormigón alrededor del perímetro del sexto distrito, pero también fallaron. Fallaron los arneses, fallaron los imanes, fallaron incluso las oraciones.
Los amigos jóvenes, cuyos teléfonos a base de cuerdas y latas se extendían de una isla a otra, tenían que colgar más y más cuerda, como si hicieran volar cometas cada vez más altas.
"Casi no te oigo", dijo la chica desde su dormitorio de Manhattan mientras miraba a través de unos binoculares de su padre, intentando encontrar la ventana de su amigo.
"Si hace falta, grito", dijo su amigo desde su habitación del sexto distrito, enfocando el telescopio que le habían regalado en su último cumpleaños hacia el apartamento de su amiga.
La cuerda entre ambos se hizo increíblemente larga, tan larga que tenía que prolongarse a base de muchas otras cuerdas atadas juntas: la cuerda del yoyó de él, el cordón de la muñeca que hablaba de ella, el lazo que había rodeado el diario del padre de él, el collar de cera que mantenía las perlas de la abuela de ella alrededor de su cuello y no las dejaba caer, el hilo que había cosido la colcha del tío abuelo de él, confeccionado a partir de un montón de trapos. Cada vez tenían más y más cosas que contarse, y menos y menos cuerda.
El chico pidió a la chica que dijera "Te amo" a la lata, sin darle más explicaciones.
Y ella tampoco pidió ninguna, ni dijo "Qué bobada" o "Somos demasiado jóvenes para el amor", ni siquiera sugirió que fuera a decir "Te amo" solo porque él se lo había pedido. En su lugar dijo: "Te amo", Las palabras recorrieron el yoyó, la muñeca, el diario, el collar, la colcha, la cuerda de tender, el regalo de cumpleaños, la bolsa de té, la raqueta de tenis, el dobladillo de la falda que algún día él le habría quitado del cuerpo.
El chico cubrió la lata con una tapa, la sacó de la cuerda y colocó su amor por él en un estante del armario. Nunca pudo abrir la lata, claro, porque en ese caso habría perdido el contenido. Le bastaba con saber que estaba allí.
"Tan fuerte. Tan cerca." JONATHAN SAFRAN FOER
... cuando los amigos se alejan, no se puede hacer nada ...
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