Amelia, como todos los niños del mundo, lloraba. Cuando se lastimaba, cuando le lastimaban, cuando algo le dolía y cuando se sentía triste. Y, como todos los niños del mundo, Amelia no sabía para servían las lágrimas.
Trató de beberlas, pero solo le daban más sed, de tan saladas que eran.
Probó a volverlas a poner en sus ojos; imposible, se desbordaban constantemente.
Intentó limpiar con ellas la carita de sus muñecas, y solo logró que también ellas llorasen.
Pensó que, como no parecían servir para nada, quizás podría decidir que no brotaran de sus ojos al llorar. Pobrecilla, no sabía que solo los adultos pueden llorar en seco.
Entonces decidió que, por si en algún momento de su vida descubría la utilidad de sus lágrimas, las guardaría. Buscó y rebuscó en su cuarto, hasta que encontró aquella vieja caja de galletas que guardaba para no recordaba qué.
Y allí fue guardando una a una todas sus lágrimas. Las de dolordebarriga, las de perdonamamá, las de aquellamuelacariada; pero también guardó las del primerdesamor, las de la primera traición, las de decepción, arrepentimiento y alguna que otra de vergüenza.
Con el paso de los años, la caja se fue llenando. Un día, ya hacía años que no lloraba, se sorprendió al abrirla y ver que las lágrimas se habían transformado en soledad.
Amelia, como todos los niños del mundo -a pesar de ser ya una mujer-, pensó que solo existe un remedio para la soledad. No se lo pensó dos veces, ya había descubierto para qué sirven las lágrimas.
Bajó a la calle y compró un pez. Sí, uno de esos naranjitas que venden en todas las tiendas de animales.
Le llamó Perseo.
Esta es su historia.
Érase una vez Perseo, el pez más triste del mundo, que vivía en un mar de lágrimas.
... Wendy ya no es como todos los niños del mundo ...
... ya sabe llorar en seco ...
No hay comentarios:
Publicar un comentario