Ayer estuve tomándome un café (no, bueno, yo un té) con un amigo; uno de esos pocos que conservo de la adolescencia más estúpida, de la juventud más etílica y al que durante muchos años perdí.
Hablamos de muchas cosas: de trabajos nuevos y viejos, de niños y de mayores, de los que están sin ser ellos ya y de los que fueron pero ya no están, de amor y desdicha, de dicha y desamor. De todo un poco, en fin.
Me dio mucho qué pensar. Me volví a casa dándole vueltas a una idea que, sin querer -supongo-, me metió en la cabeza esta mía con cortedepelo en el límite de lo tolerable. Y esa idea no es otra que la cárcel interior.
Me explico. Siempre que pensamos en una cárcel, en una prisión, nos la imaginamos como un gran edificio rodeado por altos muros de hormigón e inexpugnables mallas de espino; y en su interior, celdas enrejadas alrededor de personajes más o menos culpables. Y sin embargo no deberíamos pensar en ese tipo de cárcel. Lo más probable es que la mayoría de nosotros (doy por hecho que la gente que me lee es honrada) no lleguemos a pisar una de ellas en toda nuestra vida. Así que quizás deberíamos plantearnos la idea de nosotros mismos alrededor de una pequeña, minúscula e inhóspita celda que hemos construido en nuestro interior y a la que no podemos acceder por más que lo intentemos.
Llevamos años de vida levantando muros de seguridad y estabilidad ficticia, tejiendo telarañas de espino alrededor de nuestros sentimientos, de nuestras emociones, esas que no nos atrevemos siquiera a mirar de reojo, no vaya a ser que se muevan. Toda una vida aprendiendo de nuestros mayores a ser fuertes, a no sentir, a no pedir ayuda, a no flaquear, a no llorar, a no avergonzarse.
A no vivir.
A no.
No cojas eso. No te subas ahí. No le pidas perdón. No cuentes tu vida. No le digas que le quieres. No des tu brazo a torcer. No te caigas. No te acerques.
Kilómetros de alambre de miedos y temores, de vergüenzas y pudores, de prejuicios e ideas limitantes heredadas de quien presuntamente te quiere tanto que no te enseñó a ser libre.
Para algunos la cárcel es un matrimonio en bucle. Para otros es un juego de ordenador. Para la mayoría, un trabajo indeseado. Para unos pocos, las truncadas expectativas que jamás debieron llegar a existir. Para muchos, una vida sin libro de instrucciones.
Para mí, que tuve una vez un enorme presidio en el interior de mi alma, un foso, un agujero de infinita oscuridad; una vez fue la manía de no ser yo, de convertirme en quien no podía ser porque no era yo, en alguien duro, apresurado, seco, árido, rígido, inflexible, rasposo. Muerto. Un desierto.
Pero eso ya pasó.
Ahora solo hay la sombra de aquella cárcel, como esos muebles que, tras años en el mismo sitio, al retirarlos, dejan una silueta de color intacto en la pared gastada por el sol. Como un aviso, un cartel:
"Aquí hubo una vez una cárcel"
Solamente dos miedos. Y no os diré a qué, solo os diré que no es a la muerte.
Mi vida fue miedo durante demasiado tiempo. Aprendí a vivir tarde, aunque nunca lo es demasiado. Y al fin me he liberado de los míos. De los cariños, amores, querencias y entregas mal entendidos, de las necesidades y las limitaciones paradójicas. De la imprescindible reciprocidad de unas emociones insensibles.
Una vez os dije que amor se escribía con A de amistad, de amarillo, de Alice. Hoy os aseguro que no se escribe con N de necesidad, con A de ataduras, de autoengaño, con D de dolor, de desesperación, con R de reproche, ni de rutina, ni con la B de aburrimiento, ni la T de tengoque...
Y eso es todo. Ahora me toca pensar qué música le pongo a esto. Y así, pensando, pensando, se me va pasando el rato. Y ya tengo otra idea...
... Wendy ...
... piensas demasiado ...
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