- ¿Sabes? Quizás un día, en el futuro, escriba nuestra historia.
Me lo dijo hace mucho tiempo, cuando yo era otro y ella era otra también. No le dí importancia. De hecho, no volví a pensar en ello hasta que recibí la carta.
Hace cuatro meses, al regresar del trabajo, me encontré con uno de esos insulsos avisos de correos. Una carta, o un paquete. Para mí. Podría pasar a recogerlo por las oficinas a partir del día siguiente al del aviso. Hacía muchísimo tiempo que nadie me enviaba nada por correo postal y, si he de ser sincero, aquello despertó mi curiosidad, la que tantos años llevaba dormida.
¡Qué estúpido! Tendría que haberlo sabido. Quién sino; ella era la única persona que me había hecho llegar cartas, escritos, regalos, cajas llenas de cosas tan inútiles como sentidas.
Así que, aquella tarde de mayo, unos días después de mi cumpleaños, recogí en correos un sobre acolchado de esos color sepia, dirigido a mí. Sin remite.
Algo en mi interior me decía que era importante, así que esperé a llegar a casa y estar solo (ya hace cuatro años que lo estoy, desde que Ángela me dejó), para abrirlo. En cuanto vi la letra manuscrita en el sobre blanco del interior, y aspiré un tenue aroma a lavanda, comencé a temblar. Fue como si algo dentro de mí estuviera despertando de nuevo. Miedo, emoción, curiosidad, temor y el amargo sabor de quien me acompaña desde entonces. La culpa.
Lo rasgué, de forma casi violenta, y lo leí. Del tirón. Tampoco era demasiado largo, al menos no tanto como era habitual en ella. No era su letra tal como la recordaba, tan visceral, tan rápida, ágil, difícil; un poco como ella. Parecía que había cuidado hasta el último trazo, poniendo especial interés en que se entendiesen todas y cada una de sus palabras.
Y aún así necesité leerla varias veces hasta que fui enteramente consciente de lo que allí se me decía. Era su despedida. Me contaba que llevaba años enferma, probablemente desde entonces, probablemente por aquello. Probablemente por mí. Que ya no lo soportaba más, que había decidido irse, hacer un último esfuerzo y tomar la única decisión que la enfermedad le permitía tomar, ya que vivir no era una opción, sino seguir viviendo; que ella nunca había sido de términos medios, que era de todos o nadas, de blancos y negros; que por eso la abandoné, y que por eso también la amé.
Tenía razón.
Decía que no quería que me enterase por nadie más que por ella, que le parecía lo más digno, y que necesitaba decírmelo, despedirse de mí (y de otras personas) antes de marchar. De otro modo no podría descansar. Decía que no había amargura ni rencor en su carta, sino agradecimiento por todo lo que le regalé, por todo lo que fui y signifiqué en su vida. Que ella no sería ella sin mí.
Ni siquiera sé si todo eso era lo que ponía la carta, o es lo que yo entendí. Lo que sí sé es que después de leerla, y releerla hasta convertirla en un recuerdo más de ella; se convirtió en una obsesión hasta tal punto que me vi a mí mismo buscando desesperadamente la caja donde escondí guardé sus cuadernos, sus regalos, sus conchas, sus piedras, sus muñecas, las pajaritas y las postales, los alfileres y cascabeles, las cartas y cartas y cartas que me escribió sin respuesta, los libros y los mensajes secretos, las palabras robadas a otros para expresar lo que nadie más sintió como ella.
Solo cuando lo encontré pude leer de nuevo la carta, ya sin el corazón tratando de salir por mi boca. Y fue entonces cuando me percaté de que la letra del sobre acolchado era diferente a la suya. Y fue entonces cuando ví la nota doblada que acompañaba a su carta.
Era de su hija. Me decía que a pesar de no conocerme, suponía que debía ser alguien muy importante para su madre, ya que solo había tres cartas cerradas en el coche junto a su cuerpo, cuando la encontraron. Tres cartas cerradas, con su destinatario, sin remite; y una nota para su hija, en la que le pedía que las enviara una vez que fuese incinerada.
No sé si llegó a cumplir lo que en su momento a mí me sonó a amenaza. Aquel: "¿sabes? quizás un día, en el futuro, escriba nuestra historia."
No lo sé. Y puede que ni me importe. Lo que sí sé es que yo escribiré nuestra historia. Ahora. Porque creo que es lo que debo hacer; porque creo que es lo único que puedo hacer por ella ahora. Porque es lo más noble. Porque se lo debo. Porque lo necesito.
Porque es la única manera que tengo de pedirle perdón.
... SST ...
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