Una vez hubo una guerra.
En un país cualquiera. De un bando contra otro; rojos contra azules, azules contra grises, blancos contra negros... ¿Por qué en todas las guerras hay colores, cuando deberían ser todas del color de la tristeza, de la suciedad, de la sangre vieja, del odio?
Una vez hubo una guerra. Y me da igual de quién contra quién. Porque al fin y al cabo, los que peleaban fueron personas; los que sufrieron, fueron personas; los que murieron, o quedaron lisiados, fueron personas; los que la iniciaron, fueron personas. Como tú. Como yo.
Una vez hubo una guerra. Y habrá más. De hecho, ya las ha habido. Porque la guerra es algo tan inherente al ser humano como el odio, la envidia, la codicia, o los celos. Porque mientras haya seres humanos, seguirá habiendo guerras, en mayor o menor medida; que para empezar una guerra solo hacen falta dos personas y una sola cosa que ansíen ambos. Así de simple. Así de cruel. Así de fácil.
Y después de esa guerra, hubo una posguerra. Que todavía estamos viviendo. Que continuaremos viviendo mientras exista gente como aquel director de cine que, tras hacer una espléndida película repleta de espléndidas historias más o menos reales y de magníficos errores de bulto históricos más o menos falsos; comete el tremendo fallo de presentarla (que no le hace falta, insisto) mediante una arenga política tan demagoga, tan barata, tan absolutamente rastrera y llena de odio enquistado, que termina por estropear todo lo bueno que podía haber en su obra (y que lo hay).
No se puede hablar de homenajes, ni de admiración, ni de amor, cuando lo hacemos cargados de odio, de rencor, de orgullo y prejuicios, cuando nos seguimos empeñando en ver el mundo solamente en dos colores, igual que lo veían los que comenzaron aquella guerra. No se puede. Y mucho menos cuando lo que estás proclamando a gritos desde tu obra es el perdón. ¿Acaso puede aspirar al perdón ajeno aquel que no es capaz de perdonar? No, no puede.
Lo más triste, patético, casi diría, es que a continuación, entre los aplausos de los de su color y el respetuoso silencio de quien simplemente no tiene opinión ni color, porque aquella guerra no la vivió (al igual que quien habla, al igual que quien aplaude); se ve en tamaño gigante y -esto sí- a todo color, que esta obra ha sido realizada con la colaboración de TVE, Junta de Andalucía, Diputación de Huelva y Ministerio de Cultura, y bajo el patrocinio del ICO (para quien no lo sepa, Instituto Oficial de Crédito, ese que se los niega a los emprendedores, y a las famosas PyMES), como casi todo lo que lleva el presunto y apestoso sello de "arte" en esta nuestra piel de toro. Sí, aquella que jamás fue ni será una, ni grande, ni libre, mientras esté plagada de gente así, empeñada en ver el mundo en dos colores.
Una vez hubo una guerra. Y esta no fue de hermanos ni vecinos, ni de gente que hablaba el mismo idioma (aunque parezca mentira, en aquella otra todos hablaban el mismo idioma, no como ahora), en la que se cometieron las mayores barbaries jamás cometidas, en la que se perfeccionó la ingeniería de la muerte hasta rozar la perfección, en la que medio mundo se tiñó de sangre y el otro medio de fuego, en la que el mundo entero murió de hambre y dolor. Yo sé de que guerra hablo. Yo estuve en aquel lugar para sentirlo, aunque ya lo había sentido desde que no tengo ni memoria. Yo sé que una vez hubo esa guerra.
Y todos deberíamos aprender de ese pueblo. Que mucho menos tiempo después, ya había perdonado, olvidado. Porque ellos supieron identificar los colores del culpable y no contagiarlos a sus vecinos, a sus descendientes. Porque ellos transmitieron a sus hijos y a los hijos de estos la lección aprendida, limpia de odio, limpia de rencor, para que nunca más vuelva a suceder. Porque ellos, al igual que yo, saben que lo peor que le puede suceder a nadie en la vida, es que le toque vivir una guerra.
Así que.
Fin.
... Wendy escribió un cuento ...
... una vez hubo una guerra, comenzaba ...
... y el día que terminó, era el final ...
6 comentarios:
Dices que ese pueblo "ya había perdonado". Dame argumentos o no me lo creeré. Sólo hay que echar un vistazo a Andritxol o a Enrique de Diego, este último periodista de Intereconomía, para ver que de perdones andamos justitos.
En fins, que me voy a poner seria y no me apetece, nena.
Mejor digo algo soez para que Google posicione guay tu blog.
TETAS.
De nada.
Cuando hablo del pueblo que ya había perdonado no me refiero a esta mierda de España que vivimos y viviremos, sino a Polonia en referencia a la muchísimo más terrible II Guerra Mndial y lo que les tocó desvivir, que no fue poco, y aún así, ellos sí saben, sí han conseguido perdonar. Aún así.
Todo un ejemplo. Aquí no, amiga mía, aquí seguimos siendo unos mierdas incultos y rencorosos, eso sí, con memoria histórica e historia desmemoriada (que es lo que enseñan ahora en los colegios... menos mal que mis hijas tienen una madre culta y buena persona, a la par que humilde quetecagas).
Te la devuelvo... COÑO.
Soy yo, Wendy... esta KK de Blogger no me deja publicar en mi propio blog... si ya sabía yo que no tenía que hablar de esto...
Lo mismo me da-que me da lo mismo Polonia que España que Somalia (¡¡¡A SOMALIA!!!). De hecho, no sé si hemos 'perdonado' algunas cosas de la guerra. Seguramente sí, todas. Pero hay otras actitudes lo que viene siendo contemporáneas que vuelven a abrir las venas.
Dicho en lenguaje pa que lo entienda mi familia: que aún hay mucho facha, coño.
Respecto a tu comentario en mi blog, te cuento. No me interesa esbozar un ‘plan personal’. No con este sistema, no así. Creo que patinar con mi hija –si tuviera hija– no serviría en absoluto para cambiar el mundo. Cuando el escenario sea más bonito, entonces podremos representar la función en condiciones. Un beso, elegante capitalista.
...
( TETAS AND COÑO... )
Ummm...
Está claro que Carmen de Mairena no es. Y Bebe tampoco.
Seguiremos informando.
Solo hay una cosa clara, en este país, nadie ha perdonado nada, básicamente porque no nos da la gana, así de sencillo y asquerosamente cruel.
Y, te lo digo desde el corazón, Larisa, lo tuyo es de un cinismo imperdonable.
Un bacio.
Soy yo, como anónimo de nuevo.
A mí es que me da miedo meterme en el debate ajeno.
Eso sí, he de decir dos cosas -siempre intentando no meter la tecla donde no me llaman-.
El texto me gustó mucho, pero me queda un sentimiento como de inverosimilitud.
Como sudaka de pro, podría presentarte centenares de Polacos que no perdonaron ni llegarán a perdonar. Y yo lo veo normal. Claro que hablo de polacos de religión judía.
Los polacos católicos y protestantes merecen mi falta total de aprecio. Nunca me cayeron bien los colaboracionistas pasivos, ni los falsos arrepentidos.
Y a los efectos de Google, ¿mierda cuenta?
Un abrazo.
"Cinismo imperdonable". Creo que es lo más bonito que me has dicho nunca. Bésame, bandida.
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