Fueron las zapatillas. Sí, las de andar por casa. Y no es porque sean incómodas, que no lo son en absoluto; pero lo cierto es que si algo ha hecho que vuelva a tener ganas de escribir han sido las zapatillas.
Nunca le ha gustado calzarse, siempre, desde que nació, prefirió caminar descalza. Se siente como si le vendasen los ojos, le taponasen los oídos, o le ataran las manos. Los pies descalzos la unen a la tierra, le hacen sentir. La hacen sentirse viva.
Y es cierto también que eso de andar descalza le ha traído más de un disgusto. En verano, por clavarse cosas. En invierno, por resbalones. En cualquier momento, por tropezarse los marcos de las puertas en los dedos.
Tardó mucho, nunca demasiado, en darse cuenta de que lo único que le sobraba , lo que la incomodaba, lo que le impedía ser libre, feliz, eran las zapatillas. Sí, las de andar por casa.
Ahora que camina descalza, es feliz; pero los demás no la entienden. No son capaces de ver su plenitud, su luz. Porque ellos todavía tienen los zapatos puestos. Que por muy cómodos, resistentes, moldeables y bien diseñados que parezcan, no son más que eso: zapatos, zapatillas. Postizos.
Ahora camina descalza. Y ellas la imitan. Cómo le llena verlas hacer lo mismo, seguirla, como si de un ritual se tratase. El ritual de ser feliz. El dogma de vivir libre. La locura de mirar con ojos de niño por años que cumplas.
Así que, para bien o para mal, las zapatillas han conseguido lo que nadie más consiguió durante más de un año. Hacerme volver. A escribir.
Es raro. Y sin embargo.
Me sigue gustando.
... Wendy se ha quitado las zapatillas ...
... y se ha despertado ...
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