A veces nos caemos. Todos. Y si alguien dice lo contrario, miente.
A veces nos caemos; y cuando esto sucede, al que se cae solo le quedan dos opciones: o levantarse y continuar, aún sabiendo que volverá a caer, o sencillamente quedarse allí tirado, parado, quieto, inmóvil, estático. Muerto.
Yo me caigo con una frecuencia extrañamente elevada, y lo más curioso es que suelo caerme en los mismos lugares, en los mismos e inamovibles tropiezos. Realmente casi podría decir que no caigo. Yo recaigo. Una y otra vez. Y otra.
Y si me pregunto: ¿Por qué?, solo me lleva a otra pregunta: ¿por quién?. Y la única respuesta que hasta la fecha he encontrado es que yo he nacido coja de la mano izquierda, manca de ambas piernas y, para terminar de fastidiarla, con unos enormes ojos que todo lo escuchan (que es muy diferente a oír) y unas orejas de duendecillo de lo más observadoras. Si todo esto lo mezclamos con el "pack FEELINGS" (véase "Matones y matados") a velocidad media, y le añadimos dos partes de lluvia, tres días a la semana de "working hard" (aviso, es muy difícil de encontrar si no es en establecimientos especializados), una cucharada bien llena de cansancio físico -es muy importante no acercar la mezcla a piscinas, centros deportivos, librerías ni similares, ya que en ese caso no cogerá el punto-, y para terminar, una pizquita de desequilibrio hormonal regularmente regular; pues "voilá". Ahí estoy yo, a punto de caramelo, o de nieve, como se prefiera, cayendo de nuevo. Y así hasta el infinito mientras se cumplan todas esas condiciones. Y a pesar de que a primera vista parece poco probable que todas estas condiciones coincidan en tiempo, lugar y persona, nada más lejos de la realidad. Será que soy gafe.
No obstante, de tanto caerme, de tanto llenarme de fango, de tanto destrozarme mis rodillas mancas, de tantos dientes rotos como llevo a base de estropiciarme la cara contra el suelo; he aprendido a levantarme rápido, a sacudirme el polvo, y continuar caminando. Y sí, duele. Y de qué manera. Y efectivamente, quedan cicatrices de todas esas heridas. Pero, ¿alguien que sepa un poco de qué va esto de la vida, considera más hermoso un rostro liso y joven que una cara llena de surcos y arrugas dejados por tantos y tantos sentimientos, alegrías, lágrimas, dolor, asombro, miedo, duda, compasión, ira, tristeza, angustia y, la suma de todo ello: felicidad?
Yo quiero un corazón lleno de cicatrices, porque eso significa que vivo de verdad, con todo el sufrimiento que eso conlleva. Prefiero seguir siendo coja de la mano izquierda, para poder luchar a base de derechazos directos a la mandíbula. Quiero seguir arrastrando mis dos piernas mancas hasta hacerme callo y que dejen de doler. Y, por supuesto, mantener intactos mis observadoras orejas de duende y mis grandes ojos que todo lo escuchan, porque sin ellos, sin lo que me dan, no tendría la fuerza ni las ganas de volverme a levantar.
A veces me caigo, y en ocasiones me caigo tan profundo que pienso que nunca más me levantaré de nuevo. Y sin embargo lo hago. Y si a veces me caigo, es solo porque de cada una de las veces anteriores me levanté. Más fuerte, más alto, más rápido. Mejor.
A veces me caigo. Siempre me levanto.
Claudio Claudiano
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